El tiburón pierde ante el ganso. Análisis de Maneater

Los desarrolladores que idearon un concepto indudablemente brillante, la envidia de cualquier Kojima, deberían haberse preguntado: «¿Qué tan bien se sostendrá este concepto en un juego de más de dos horas de duración?»

Los desarrolladores que idearon un concepto indudablemente brillante (la envidia de cualquier Kojima) deberían haberse preguntado: «¿Qué tan bien se sostendrá este concepto en un juego de más de dos horas de duración?» Esta reflexión parece haber escapado a los creadores de Maneater, quienes tomaron la premisa inicial y la estiraron para encajarla en una campaña con elementos de mundo abierto y un montón de tareas secundarias prescindibles. El resultado es tan predecible como decepcionante.

Estamos ante el típico proyecto que vive de la «primera impresión». Aquí puedes ponerte en la piel de un tiburón asesino y aterrorizar sin remordimientos a los habitantes de Port Clovis, en el golfo de México. Tras el prólogo, tomas el control de una cría del que será el futuro terror de los mares. Tienes que alimentarte de peces pequeños, huir aterrorizado de los caimanes y limitarte a soñar con la grandeza. La experiencia suma puntos gracias a unas mecánicas bien ajustadas. La protagonista muerde a sus rivales, los golpea con la cola y reacciona a las indicaciones en pantalla para esquivar fauces o arpones enemigos.

Análisis en vídeo de Maneater

Más adelante se te permite devorar a insignificantes humanos, transformar lugares paradisíacos en una carnicería y atacar a ricachones en sus lujosos yates. La protagonista puede impulsarse fuera del agua y desatar masacres en playas y calles. Los primeros encuentros con depredadores temibles, como una barracuda de afilados dientes, obligan a mantener la tensión, maniobrar y buscar presas pequeñas en el agua para recuperar salud.

Este caos marino está aderezado con un toque de humor negro. Diversos sucesos son comentados por un narrador, y los datos curiosos sobre los escualos se mezclan con chistes acerca de la voracidad de estas criaturas y su particular percepción del entorno. En las escasas cinemáticas hace acto de presencia un villano caricaturesco. Le fascina cazar tiburones, pero tiene que lidiar con su hijo. El vástago del célebre cazador no comparte la pasión de su padre, lo que da pie a situaciones cómicas. Todo recuerda a una parodia desenfadada de las películas de terror sobre escualos asesinos. Aquí el protagonista es la fuente del peligro, presentado en un formato de acción llamativo y colorido. Sin compasión hacia las víctimas ni lecciones de moral: solo sangre, pedazos de carne y el puro deleite del poderío propio.

Lamentablemente, da la impresión de que los desarrolladores quedaron tan maravillados con la mera idea de controlar a un tiburón que se olvidaron de diseñar misiones interesantes. En cuanto te acostumbras a las singulares reglas de juego, la rutina y la simpleza de las mecánicas pasan a primer plano. Nadar hacia una zona marcada y devorar a diez lubinas o a un grupo de personas resulta divertido dos o tres veces, pero estas misiones son obligatorias y se repiten una y otra vez. Los combates contra los cazarrecompensas y guardacostas acaban reduciéndose a embestir lanchas de forma metódica.

El sistema de combate depende en exceso de un par de movimientos, lo que perjudica los enfrentamientos. La cámara, caprichosa e imprecisa, tampoco ayuda. Rara vez enfoca por sí sola la fuente del peligro, obligándote a machacar botones a ciegas y confiar en salir airoso de un combate caótico. Por este motivo, apenas se nota diferencia entre batirse en duelo con un enorme cachalote o con un ágil tiburón. Las habilidades de la protagonista y de sus enemigos no evolucionan de forma sustancial, por lo que todo se reduce a morder la gruesa piel del rival y esquivar sus embestidas.

Hay cierta progresión, pero más allá del cambio de escenarios resulta casi imperceptible. La protagonista llega a una nueva región donde la esperan los mismos objetivos de siempre. Por ejemplo, se exige completar el 50% de las actividades del área, lo que equivale a asaltar grupos de bañistas, recoger cofres y repetir idénticas peleas contra poderosas criaturas abisales. La aventura (y no es juego de palabras) se ahoga en la reiteración y no ofrece desvíos estimulantes de su fórmula convencional.

Si decides apartarte del camino principal y limpiar el mapa completando misiones secundarias, la protagonista no tarda en convertirse en una máquina letal imparable. No existen niveles de dificultad seleccionables. Derrotas a enemigos de cualquier tamaño sin la menor complicación. Podría parecer un rasgo acertado para encarnar a la soberana del océano, pero solo tendría sentido si el juego ofreciera tramos lineales con una puesta en escena espectacular. Nada de eso ocurre, y de nuevo te envían a engullir todo lo que se mueve y lo que no. Con ello, el temor por la propia supervivencia se esfuma, y acabas nadando con desgana de un punto de interés a otro. Solo el «superdepredador orca» hacia el final del juego logra ponerte brevemente en aprietos.

El sistema de progresión ilustra a la perfección lo mal que los desarrolladores intentaron alargar el juego. Tienes a tu disposición un repertorio de órganos y mutaciones para potenciar al tiburón. Puedes convertirte en un monstruo acorazado con un caparazón impenetrable, transformarte en una bestia eléctrica, actuar como un pesado «tanque» o apostar todo por la velocidad. Sin embargo, para vencer a los rivales no hace falta profundizar en las mejoras ni estudiar sus escasas peculiaridades: basta con el repertorio estándar. Además, las mejoras no aportan nuevas habilidades activas variadas y la mayor parte se limita a incrementar valores numéricos en la pantalla correspondiente.

Por si fuera poco, para acceder a varias mejoras es necesario subir el nivel de infamia. Para lograrlo, hay que causar estragos devorando personas y luego destruir lanchas de cazadores hasta hacer aparecer y abatir a un jefe: un cazador experimentado. Por supuesto, se trata de refriegas largas y monótonas, y el combate definitivo no se diferencia en nada de eliminar a cualquier enemigo común. Es tedioso a más no poder, y la recompensa resulta irrelevante. ¡Diviértete por tu cuenta! ¡Al fin y al cabo manejas a un tiburón! ¡Su rutina no es precisamente divertida! ¡Poco importa que Maneater coquetee con la ciencia ficción! ¡Los creadores no llegaron tan lejos!

Diagnosis

Las mecánicas de Maneater no tienen defectos catastróficos que conviertan la experiencia en una tortura. A nivel visual, el juego convence gracias a la variedad de sus entornos. Al principio resulta entretenido sobrevivir bajo el agua, cazando personas y peces. La campaña se supera en unas nueve horas, incluso completando la mayor parte de las misiones secundarias. No obstante, esos puntos positivos no bastan para sostener el interés de principio a fin. Mucho antes de que aparezcan los créditos, la propuesta de Tripwire Interactive termina por decepcionar debido a la repetición constante de objetivos y a unos enfrentamientos monótonos.

No por nada los creadores de Untitled Goose Game se limitaron a una propuesta obligatoria de apenas dos horas. Supieron plantearse cuánto juego podía dar la idea de un ganso travieso. Como resultado, consiguieron un experimento exitoso. En cambio, los responsables de Maneater intentaron concebir una suerte de Grand Theft Auto submarino al estilo Shark Tale y fallaron en el intento. La aventura del escualo no es un desastre absoluto, pero resulta difícil recomendar invertir tiempo y dinero en ella.

Pro:

  • Buena primera impresión gracias a la posibilidad de encarnar a un tiburón y devorar humanos
  • Momentos cómicos gracias al narrador y varias escenas bien resueltas

Contra:

  • Enfrentamientos repetitivos contra las patrullas marítimas y otros moradores de las profundidades
  • Misiones monótonas y un sistema de combate simplista que hacen que su corta campaña termine cansando
  • Equilibrio deficiente, con muchas mejoras prácticamente inservibles