El director del estudio, Leslie Benzies, declaró que "todo estaba bajo control" y culpó a "fuerzas internas y externas" que supuestamente sabotearon el lanzamiento. Prometió "encontrar a los saboteadores", lo que conmocionó a los empleados, que habían sido advertidos recientemente de posibles despidos. Los trabajadores no lo creyeron: según ellos, el fracaso se debía no a conspiraciones, sino al caos en la gestión.
La BBC descubrió que el estudio había pasado meses de crunch, horas extras no pagadas y una microgestión estricta. Dentro de la empresa surgió el concepto de "tickets de Leslie": tareas que debían realizarse de inmediato, incluso si eso rompía el proceso de producción. Los trabajadores se quejaban de que cualquier intento de discutir los problemas era ridiculizado por la dirección.
Tras el lanzamiento, el juego se enfrentó a errores, interrupciones de transmisiones y una ola de críticas negativas. Un mes después, Build a Rocket Boy despidió a hasta 300 empleados, la mayoría de la oficina de Edimburgo. El sindicato IWGB acusó a la empresa de "recorte fallido" y está preparando una demanda judicial.
En una declaración oficial, el estudio reconoció la responsabilidad por el lanzamiento fallido y prometió "mejoras y nuevo contenido". Pero los exempleados creen que MindsEye ya no tiene salvación, y califican lo sucedido como "una oportunidad perdida para toda la industria británica".